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Historias de la historia: No lo pasaron bien los gobiernos Radicales

Por: Hernan Millas Correa

Sintetizar mas de 150 años de radicalismo en una crónica es difícil.

Empecemos por su primer Presidente, Pedro Aguirre Cerda.

A Chile había llegado la moda del Frente Popular, creación de Stalin, y que el búlgaro Jorge Dimitrov dio a conocer en el VII Congreso Mundial de la Internacional Comunista en 1936. Para detener el nazismo y el fascismo que se extendían por Europa, era necesario acercarse a los pequeños burgueses, a quienes hasta entonces los comunistas les habían tenido asco, y hacer alianzas para llegar al poder.

Empezó el ‘pololeo’ a los partidos que llamaron ‘progresistas’. En Chile el trabajo era difícil. El PC estaba a mal traer por las constantes persecuciones , y porque el Partido Socialista le hacía dura competencia. Tanto, que cuando llegaron los seis enviados de Moscú, entre los que venía el peruano Eduardo Ravinés (más tarde expulsado por ‘apóstata’) se reunieron con los dirigentes del PC (Galo González, Juan Chacón Corona , y otros) en la parte trasera de una venta de verduras y frutas en la avenida Matta. La dueña les facilitaba la trastienda, porque era ‘amiguita’ del dirigente ferroviario Luis Valenzuela Moya, que el moralista PC aceptaba sólo porque ‘era por la causa’.

Para formar el Frente Popular chileno era necesario conquistarse al Partido Radical Socialista, fracción de izquierda, que se había desprendido del viejo tronco; el Partido Democrático (otro sector estaba en el Gobierno, para no perderlo todo), y el Partido Socialista.

El PC estaba fuera porque los socialistas lo consideraban ‘ultra’. Asimismo se hallaban fuera el Partido Radical pues los socialistas lo tildaban de derechista. Los ‘porfiados hechos’, como decían los comunistas, ayudaron. Venían las elecciones presidenciales y la posibilidad de que un radical fuese el abanderado de una amplia y poderosa coalición, tentaba. Y el triunfo no era irreal.

Gustavo Ross, como ministro de Hacienda había tenido éxito económico, y el fantasma de la crisis del 32 (donde hubo que crear albergues para acoger a los centenares de cesantes y sus familias), desaparecía. Pero esto a costa de bajos salarios, y sin posibilidades de crecer industrialmente.


A los radicales escépticos, asustados por un Frente Popular francés, donde el Partido Comunista le hacía la vida imposible al socialista León Blum, y por un Frente Popular español que desembocaba en guerra civil, una elección complementaria lo hizo recapacitar. No estaba el Frente Popular aún, pero el bloque decidió apoyar la candidatura senatorial del radical Cristóbal Sáez, en una elección complementaria (por muerte del parlamentario que la servía) por las provincias de Biobío, Cautín y Malleco. Sáez era un terrateniente y el mayor productor de trigo de Chile. El Partido Comunista puso a prueba a sus militantes, y ordenó votar por él, aunque sintiesen tiritones. Y Sáez ganó.

La Convención Radical, reunida en mayo de 1937 en el teatro Victoria, en Santiago, aprobó la formación del Frente Popular. Y en abril de 1938, su Convención (con 400 delegados radicales, 330 socialistas, 120 comunistas, 120 democráticos,y 60 de la Confederación de Trabajadores), proclamaba a Pedro Aguirre Cerda- El humo blanco salió luego que el Partido Socialista retirase la postulación de Marmaduque Grove.

Julio Barrenechea, que aparte de parlamentario, poeta y diplomático, fue uno de los hombres más entretenidos de Chile, contaba una anécdota. Oscar Schnake, secretario general del Partido Socialista, había sido uno de los gestores de la candidatura de don Pedro, a quien él le decía el ‘doctor chino’ por su cierto aspecto oriental.

-¿No crees tú –le dijo Schnake a Barrenechea en esa Convención- que para que triunfe el Frente Popular hay que llevar de candidato a un radical de derecha?
“Solamente ese hombre, con su aspecto de buen patrón, y sus condiciones de viñatero (Viña Conchalí) y profesor”, decía Barrenechea, “podía convencer a muchos agricultores ricos, que no había nada tan bueno como el Frente Popular”.
Y Aguirre Cerda supo ubicarse.
-Yo soy un puente entre muchos años de gobierno oligárquico y un futuro gobierno de izquierda-, dijo en su primera entrevista.
Además el pueblo lo sentía como propio. Su juventud fue pobre, y se recibió de abogado con mucho esfuerzo. Su fortuna (la viña Conchalí) le vino por el matrimonio con su prima, doña Juanita. El era agnóstico y ella profundamente católica.

Su contendor, Gustavo Ross, era el anticandidato: sus largos años en París le daban un acento francés; en su trato era frío y cortante, y no disimulaba su menosprecio por la clase media y, en especial, por los trabajadores. Cuando en na entrevista expresó que era favorable a una “tupida inmigración blanca, parecida a la del siglo pasado con los colones alemanes”, destruyó toda la imagen que sus publicistas querían darle. Con todo, el triunfo de Pedro Aguirre Cerda fue muy estrecho: por cuatro mil 111 votos. Y eso que tuvo una inesperada ayuda cuando el tercer candidato, Carlos Ibáñez, se retiró luego de la matanza del Seguro Obrero.


Como el Congreso debe decidir, Rafael Luis Gumucio, gran patriarca conservador, interviene. Hay temores por su condición de masón, que podría perseguir a la Iglesia. Aguirre Cerda tiene que asegurar que hará un gobierno de unidad nacional. Don Pedro, sonriente, le recuerda que su esposa es muy católica. Con el aval de Gumucio la derecha vota en el Congreso a favor de Aguirre Cerda. Cumplirá en demasía su promesa: en Santiago se desarrolla el Congreso Eucarístico, y la Alameda , frente a La Moneda, se convierte en un gran altar. El Cardenal Copella, enviado del Papa, es aclamado.

Cuando la derecha no logra éxito, golpea los cuarteles, y el general Ariosto Herrera intenta un ‘golpe’ sublevando el Regimiento Tacna. Mientras una multitud rodea La Moneda, Aguirre Cerda pide una pistola , y dice: “De aquí no me sacarán, sino muerto. Mi deber es morir matando si es necesario, en defensa del mandato que me otorgó el pueblo”.
Pero los sediciosos fracasan.

Eso no es todo. Dentro del Partido Radical, su colectividad, Aguirre Cerda encontró su mayor infortunio. Su partido era una entidad de asambleas, y gustaban derribar directivas y combinaciones políticas. Y todo acto del gobierno de don Pedro , pese a ser su correligionario, era discutido, y hasta combatido. El colmo fue cuando el 29 de abril de 1941, la Junta Central de la colectividad, expulsó a los ministros. Y por si fuera poco, socialistas y comunistas se iban a las manos.

Cuando Oscar Schnake (secretario general del Partido Socialista) viajó a Wástington a obtener créditos para construir la usina de Huachipato y elaborar hierro, el Partido Comunista lo acusó de vendido a Wall Street. Y los socialistas respondieron acusándolo de ‘quinta columna’ por el pacto Hitler-Stalin, y de desleales con los trabajadores por oponerse a los planes de industrialización.

Pese a todas las adversidades, el gobierno de Aguirre Cerda fue pródigo en realizaciones.
He aquí las principales:
• Logró en 95 días que se aprobase ¡por un voto de mayoría! en el Congreso – que le era contrario- la creación de la Corfo (Corporación de Fomento) , que impulsaría la industrialización del país, y que daría el puntapié inicial para que los siguientes gobiernos creasen la CAP (elaboradora de acero), Endesa (plantas eléctricas), Enap (hallazgo del petróleo y refinerías), la Iansa (elaboradora de azúcar).
• La creación de la Corporación de la Reconstrucción y Auxilio, para levantar el Chile desvastado por el terremoto.
• Como el lema de su campaña había sido’Gobernar es educar’, la población escolar primaria ascendió de 110 mil a 616 mil en tres años y se construyeron 500 escuelas.
• Los comicios electorales quedaron entregados a la vigilancia y custodia de las Fuerzas Armadas.
• Su esposa, doña Juanita, ganó los corazones del pueblo con sus Hogares de Menores y la Pascua de los Niños Pobres.
• Aunque la campaña del terror había vaticinado en 1938 la quema de iglesias si triunfaba don Pedro, Chile tuvo su primer Cardenal (José María Caro) y el Congreso Eucarísitico ya mencionado.

En ese 1941, el Partido Radical había alcanzado un espectacular crecimiento: de 29 diputados que tenía llegó a 43, mientras la derecha bajaba: los conservadores de 35 a 32; los liberales, de 35 a 21.

Para suceder a Pedro Aguirre Cerda muerto en 1941, a sólo tres años de su mandato, se perfilaron dos candidatos, ambos radicales. Uno, Gabriel González Videla, que estaba de embajador en Francia, y a quien preferían los comunistas, y el otro, Juan Antonio Ríos, que el Partido Comunista no tragaba porque no disimulaba su disgusto por los comunistas. Se impuso Ríos.

En sus Memorias, Gonzáles Videla reconoce que llegaba desubicado. Desciende del avión para dirigirse al teatro Caupolicán, donde sus partidarios lo esperan. Habla de la “Europa desgarrada por la guerra”, y ni una palabra de la realidad chilena, de la cual no está al tanto. Cuarenta y ocho horas después es la lucha interna y la pierde. Aunque el resultado es muy estrecho, un Tribunal de Honor proclama a Ríos-

Ya el Frente Popular ha muerto por la querella del Partido Socialista con el Partido Comunista. Pero sus colectividades, entre elegir a Ibáñez, proclamado por el Partido Conservador, y Ríos, optan por éste. El Partido Liberal se inclina por por Ibáñez, pero el Leon no olvida que el coronel lo sacó de La Moneda, y divide al Partido Liberal, para que gran parte se vaya con Ríos, quien se convierte en el segundo Presidente radical.

Se le conoció como ‘don Mandantonio’, nombre que le puso Topaze: realmente tenía don de mando y sabía imponerse. Hombre de campo, de costumbres sencillas, también se hizo querer. En su primera entrevista a un corresponsal extranjero, éste le preguntó cuándo sintió la ambición de ser Presidente.
-A los doce años –le respondió Ríos-. Una tarde salí con mi madre a dar un paseo por el centro de Cañete, mi pueblo natal. Era en vísperas de Año Nuevo. Al pasar frente a una tienda le pedí que me comprase una corbata que había mirado muchas veces. Afligida, mi madre me dijo que no podía comprármela, porque éramos muy pobres. Como vi muy apenada a mi madre, la consolé, diciéndole: “No importa, mamá. Algún día seré Presidente de la República para poder comprarme todas las corbatas que me gusten”.

Muy aficionado a los decires populares, según contaba Julio Barrenechea, en un acto en Valdivia los comunistas lo abuchearon y entonces él habló y logró hacerlos callar.
También su propio partido lo hizo sufrir. Daba la impresión que los radicales, de tantos años en la oposición, gustaban estar en La Moneda, pero con un pie en los adversarios.
A Ríos le tocó la guerra contra el Eje (iniciada por Hitler y Mussolini, en 1939). El habría preferido ser neutral, pero la presión norteamericana fue muy fuerte.


Tuvo el mismo sino trágico de su antecesor. Antes de los tres años en el Poder, un cáncer fue derribándolo. A veces se reanimaba y se creía ya restablecido, pero pronto volvía a presentarse la misma crisis. Murió el 27 de junio de 1946.

Su sucesor lógico sería Gabriel González Videla, quien se impuso a una oposición dividida (Eduardo Cruz Coke, conservador, y Fernando Alessandri, liberal). Si ambos se hubiesen unido. Lo habrían superado por 70 mil votos.

González Videla aprovechó la coexistencia pacífica entre Moscú y Washington. Tanto, que se dio el lujo de formar su primer gabinete con radicales, liberales y comunistas. Al año siguiente, 1947, cuando Stalin levantó la Cortina de Hierro, él rompió con los comunistas. Estos había acuñado el slogan de su campaña: “El pueblo lo llama Gabriel”. Poco duró el idilio. Los comunistas fueron perseguidos, e incluso Pablo Neruda debió huir atravesando la Cordillera a caballo. A sus dirigentes se les envió relegados a lugares inhóspitos como Putre. 

Tampoco escapó a la norma de sus antecesores , y su partido le clavó muchas espinas. Parte del Partido Radical se fue para formar el Partido Radical Democrático. Las querellas en las asambleas radicales y los acuerdos críticos en el CEN, Consejo Ejecutivo Nacional, (había reemplazado a la Junta Central) eran frecuentes. Angel Faivovich contaba que en una visita La Moneda, González Videla, fuera de sí, lo tomó de las solapas , lo zarandeó, dirigiendo garabatos al comportamiento de su partido.


En sus Memorias habla de la ‘fronda partidista en plena ebullición’.
Cuando cayó su gabinete de ‘Concentración Nacional’ (radicales, liberales conservadores y democráticos), y tuvo que formar el gabinete que llamó de ‘Sensibilidad Social’ (con la Falange –futura Democracia Cristiana-y los conservadores social cristianos, González Videla auguró: “El Partido Radical perdió la chance de continuar eligiendo Presidentes”. Así ocurrió.

Los catorce años en el Gobierno habían desgastado a los radicales: no todos comprendían que el péndulo pudiera moverse desde los conservadores a la extrema izquierda. La agitación de los gremios crecía. Y además se había formado el Tocora, Todos contra los Radicales, destacando su voracidad en los cargos fiscales.

También el PR había sido vilipendiado acusándolo de negociados. El hijo de Luis Alberto Cuevas se suicidó al oír historias negras de su padre. Y nada más lejos de la realidad. Cuevas murió pobre, y cuando enfermó sus amigos debieron hacer una ‘vaca’ para enviarlo a Estados Unidos a un tratamiento.

El chaqueteo se había convertido en institución nacional.

 

 

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