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Por Luciano San Martín. Facultad de Arte, Universidad de Playa Ancha.

Vivimos en una estrecha relación con el pasado.

En nuestra época, el futuro se presenta de pronto, como algo incierto, algo que viene pero que no controlamos por completo. El futuro dejó de ser, como lo fue para generaciones anteriores, un índice de expectativas, un caminar lento e inexorable hacia el progreso, la vida dejó de ser una recta numérica y pasó a ser algo complejo e indeterminado.

Lo que verdaderamente nos otorga certezas es lo ya vivido, lo pasado, y las múltiples lecturas e interpretaciones que hacemos de ello, vale decir, los sucesivos presentes que le hemos dado a ese pasado al evocarlo y que hoy forman parte de la historia de ese pasado, ¿cuántas veces hemos evocado el mismo recuerdo y lo hemos vuelto a interpretar?, ¿cuántas sucesivas interpretaciones posee ese recuerdo? Todas ellas, nos han hecho crecer, hemos crecido gracias a la lectura de lo pasado, pero además, no recordamos solos, y tal como señaló tempranamente Halbwachs, necesito del otro para recordar, para completar el recuerdo, nuestra memoria es social, y vivimos en marcos sociales de memoria.

Estas memorias, son memorias emocionales, se generan a partir de nuestra relación sensible con el mundo, están grabadas como huellas en nuestra emocionalidad, en la construcción de la identidad personal y del “yo”, viven en nuestra corporalidad y las interpretamos siempre desde las necesidades del presente, necesidades que proyectan posibles futuros.

Emocionalidad, el pasado es socialmente emocional, los grupos humanos se sostienen compartiendo un  pasado común, ¿qué pasa cuando ese pasado se fisura?, ¿qué pasa cuando  la interpretación del pasado divide? El grupo se fisura, se resquebraja, se genera tensión, lucha, resistencia.

En nuestras ciudades que tanto abogan por el patrimonio, entendiéndolo, como algo constitutivo de un nosotros, ¿realmente representa el nosotros? O representa más bien un discurso único y direccionado en función de construir una identidad.

¿Una identidad regional, nacional? Un nosotros débil, un proyecto institucional-político que intenta, en base a la formulación de políticas culturales, el construir encuadres de identidad, que no poseen sustento en el espacio-tiempo de la cotidianeidad.

¿Qué pasa con la cultura y el patrimonio en las poblaciones de nuestras ciudades?, ¿dónde habita en ellas la política cultural? En territorios donde se generan luchas y fuerzas que desbordan el museográfico concepto de cultura que trabajamos desde nuestra institucionalidad.

En esos lugares, cargados de luchas por la sobrevivencia, cargados de tensiones, de pobreza urbana, de ideologías que también desbordan nuestro espectro de lo político, en donde la escuela pública es sinónimo de un plato de comida caliente al día y los consultorios de salud son espacios de corporalidades resquebrajadas como una fría metáfora del resquebrajamiento del cuerpo social completo.

En esos lugares, a quince minutos de nuestros cómodos espacios, hay depósitos de memoria social, bancos completos de evocación y recuerdo, un cuerpo de emocionalidad social que sólo se consuela a través del consumo.  Si de algún modo lográramos trabajar y proyectar toda esa enorme carga, podríamos por fin, gestionar una mirada cultural que sea una auténtica herramienta de desarrollo existencial y social, y no, un espacio de construcción de una fantasía de élites.

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